Hay noticias que uno no olvida, sin importar cuántos años hayan pasado, qué edad tengamos o cuánto haya cambiado nuestra vida desde entonces. Hay momentos que se quedan congelados en nuestra memoria. Para muchos mexicanos, como yo, el 28 de agosto de 2016 es una de estas fechas.
Aún podemos recordar dónde estábamos cuando nos enteramos. Qué estábamos haciendo. Quién nos lo dijo. La publicación que apareció en Facebook. El mensaje que llegó al teléfono. La televisión confirmando lo que, en un primer momento, parecía imposible: ha muerto Juan Gabriel. Y por unos segundos, quizá por unos minutos, muchos no quisimos creerlo. Porque Juan Gabriel parecía inmortal.
“El Divo de Juárez” era de esos artistas que uno siente que pertenecen al paisaje de nuestra vida. De esos que sientes como si siempre hubieran estado ahí y fueran a seguir estando. Su voz aparecía en la radio mientras nuestros padres cocinaban, en las fiestas familiares, en los viajes por carretera, en una cantina, en una boda, en una serenata o en aquella noche en la lloramos porque nos habían roto el corazón.

Juan Gabriel no solamente cantaba: Juan Gabriel era presencia. Y por eso su muerte se sintió distinta. Aquel agosto no murió solamente el cantante, murió una parte de la memoria emocional de México.
Alberto Aguilera Valadez nació en Parácuaro, Michoacán, en 1950. Su infancia estuvo marcada por la pobreza, la ausencia de su padre, la separación de su familia y una serie de dificultades que pudieron haberlo condenado a una vida completamente distinta. Terminó creciendo en Ciudad Juárez, la ciudad que años después sería inseparable de su nombre artístico.

Antes de los escenarios, de los trajes de lentejuela, de los aplausos y de las millones de copias vendidas, hubo un niño que conoció el abandono, la soledad y la necesidad. Y quizá ahí comenzó todo. Porque Juan Gabriel hizo algo que solamente consiguen los verdaderamente grandes: convirtió sus heridas en canciones. Nunca escondió el dolor, sino que lo convirtió en arte.
Es difícil pensar en otro compositor mexicano que haya conseguido ponerle palabras a tantas emociones humanas: el abandono, el amor, la traición, la ausencia, la desesperación, la nostalgia, la esperanza, la necesidad de ser amado o la pérdida de alguien que ya no volverá.
“Amor Eterno” no es solamente una canción. Para millones de personas se convirtió en la banda sonora del duelo. “Querida” es el grito de quien todavía espera una respuesta. “Hasta Que Te Conocí” es el descubrimiento brutal de que amar también puede destruirnos. “Siempre en Mi Mente”, “Abrázame Muy Fuerte”, “Así Fue”, “No Tengo Dinero”, “Costumbres”, “Ya Lo Sé Que Tú Te Vas”, “La Diferencia” y tantas otras forman parte de una especie de memoria colectiva. Son canciones que no necesitan presentación. Comienzan a sonar y alguien recuerda a alguien. Eso es Juan Gabriel.

Personalmente, lo digo sin miedo y sin pretender que sea una verdad absoluta: para mí, Juan Gabriel fue el mejor compositor mexicano. No solamente uno de los mejores. Era el mejor, porque no conozco a otro compositor que haya conseguido escribirle a tantas generaciones, atravesar tantas clases sociales, tantos géneros musicales y tantos países, y conseguir que una canción suya pudiera ser cantada exactamente igual por una señora en su cocina, un joven con el corazón roto, un mariachi en una plaza, una familia en una fiesta o miles de personas en un estadio.
Juan Gabriel escribió para todos. Y, al mismo tiempo, parecía escribirle a cada persona individualmente. Esa era su magia.
Pero su historia tampoco fue sencilla. Durante décadas tuvo que enfrentar prejuicios, cuestionamientos y una sociedad que muchas veces quiso exigirle explicaciones sobre su vida, su personalidad y su manera de ser. Juan Gabriel decidió poner límites y hay algo profundamente poderoso en eso.

El público podía conocer a Juan Gabriel sobre el escenario, pero no tenía derecho a poseer completamente a Alberto Aguilera Valadez. Su vida personal tuvo fronteras. Él decidió qué contar y qué guardar en una época en la que constantemente se intentaba encasillar a las personas, Juan Gabriel eligió vivir bajo sus propios términos. Y aunque durante años su figura estuvo rodeada de preguntas, rumores y especulaciones, su respuesta más contundente siempre estuvo sobre el escenario. No necesitó explicarse para demostrar quién era. Le bastaba cantar.
Y entonces llegó aquella noche en Bellas Artes. Juan Gabriel, el artista popular, el hombre que había salido de la pobreza, se presentó en uno de los escenarios culturales más importantes de México (sino es que el más importante). Hubo quienes cuestionaron que estuviera ahí, pero terminó demostrando algo que quizá siempre había sabido: que la música popular también puede ser cultura, memoria y patrimonio.
Juan Gabriel entró a Bellas Artes y, de alguna manera, llevó consigo a millones de mexicanos que quizá nunca habían imaginado verse representados en aquel recinto. Porque esa fue otra de sus grandes conquistas: hacer que México se reconociera en él.

Juan Gabriel era extravagante, sensible, teatral, divertido, vulnerable y profundamente mexicano. No necesitaba disfrazarse de otra cosa. México terminó abrazándolo: llenó escenarios, llenó el Zócalo, llenó el Auditorio Nacional, regresó a Bellas Artes, vendió millones de discos, compuso más de mil 800 canciones y convirtió su propia historia en una de las carreras musicales más impresionantes que ha producido este país.
Pero quizá el momento que más duele recordar ocurrió apenas dos días antes de su muerte. El 26 de agosto de 2016, Juan Gabriel subió al escenario del Forum de Inglewood, California. Había miles de personas frente a él. Cantó, bailó, sonrió y entregó todo, como tantas otras veces. Fue un concierto de aproximadamente dos horas y cuarenta minutos ante unos 17 mil 500 espectadores. Nadie sabía que estaba viendo la última vez. Nadie sabía que aquella voz estaba despidiéndose. Nadie sabía que aquel hombre que parecía tener todavía tantos escenarios por delante ya solamente tenía horas de vida.
Y quizá por eso las imágenes de ese concierto producen algo difícil de explicar. Lo vemos ahí vivo, sonriendo, cantando y, nosotros sabemos lo que ocurrió después.

El 28 de agosto, Juan Gabriel murió en Santa Mónica, California, a los 66 años, tan solo dos días después de haber estado frente a miles de personas. Dos días. Tenía conciertos programados, una gira en marcha, proyectos, canciones y tenía todavía mucho por canta y de un momento a otro, ya no estaba.
Recuerdo aquella sensación que tuvo México: la radio cambiando su programación, las canciones de Juan Gabriel apareciendo una tras otra, los homenajes espontáneos, las flores, las veladoras, la gente cantando, las lágrimas. Era como si un país entero hubiera perdido a alguien de su propia familia. Y quizá eso fue exactamente lo que ocurrió. Porque Juan Gabriel había entrado a nuestras casas durante décadas. Había acompañado nuestras alegrías y nuestras tragedias. Había cantado cuando alguien se enamoraba y cuando alguien se despedía. Estuvo presente en los cumpleaños, en las fiestas, en los divorcios, en los funerales y en las madrugadas donde uno descubre que una canción puede decir exactamente aquello que uno no sabe cómo expresar.
Por eso México no supo simplemente cómo despedirlo. ¿Cómo se despide uno de alguien que lleva toda la vida acompañándolo? Su llegada al Palacio de Bellas Artes para el homenaje posterior a su muerte terminó de demostrar la dimensión de su figura. Miles de personas acudieron para despedirlo. Pero, en realidad, México llevaba años despidiéndose de él sin saberlo.

Cada vez que alguien cantaba “Amor Eterno” por un padre, una madre, un hermano, un hijo o un amigo que ya no estaba. Cada vez que alguien ponía “Así Fue” después de una ruptura. Cada vez que alguien lloraba con “Hasta Que Te Conocí”. Cada vez que una familia entera cantaba “El Noa Noa” sin importar la edad. Ahí estaba Juan Gabriel. Y aquí sigue.
Han pasado diez años, diez años desde aquella noticia que parecía imposible. Diez años desde que México perdió al hombre, pero no su voz, y esa, quizás se nunca se pierda, porque la muerte tiene una crueldad que el arte consigue desafiar. Puede llevarse al artista, pero no puede llevarse las canciones, no puede borrar los recuerdos, no puede hacer desaparecer lo que una voz provocó en millones de personas. Por eso hoy, diez años después, no quiero recordar a Juan Gabriel solamente desde la tristeza, sino desde la gratitud.

Gracias por haber convertido el dolor en belleza. Gracias por haber demostrado que venir de abajo no significa estar destinado a quedarse abajo. Gracias por haber defendido tu manera de ser en un país que muchas veces fue cruel con quienes se atrevían a ser diferentes. Gracias por haberle dado voz a quienes no sabían cómo decir lo que sentían. Gracias por hacer llorar a México, pero también por hacerlo bailar. Gracias por esas canciones que, aunque hayan pasado décadas, todavía consiguen rompernos el corazón, pero sobre todo, gracias por demostrarnos que un hombre puede irse de este mundo y, aun así, quedarse para siempre.
Hoy han pasado diez años y todavía duele, quizá porque todos tenemos una canción de Juan Gabriel que nos lleva a un momento específico de nuestra vida, a una persona, a una pérdida, a un amor, a una época que ya no volverá. Y quizá esa es la verdadera inmortalidad, no que nadie muera, sino que, después de morir, alguien pueda seguir provocando emociones en quienes ni siquiera llegaron a conocerlo personalmente. Juan Gabriel consiguió eso.

Consiguió que millones de mexicanos sintiéramos que lo conocíamos y hoy, diez años después, seguimos hablando de él, escuchándolo, cantándolo, llorándolo. Porque Alberto Aguilera Valadez murió aquel 28 de agosto de 2016. Pero Juan Gabriel… Juan Gabriel nunca se fue.


