Desde hace siglos, la humanidad ha mostrado una fascinación persistente por la posibilidad de anticipar lo que vendrá. En ese territorio ambiguo, donde convergen la fe, el simbolismo y la curiosidad colectiva, aparecen nombres que regresan una y otra vez al debate público. Entre ellos destacan Michel de Nôtre-Dame, mejor conocido como Nostradamus, y Baba Vanga, la vidente búlgara a quien se le atribuyen visiones sobre el destino del mundo.

Con el cierre de 2025, sus supuestas profecías han vuelto a circular con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. No lo hacen por la existencia de evidencia científica que respalde sus predicciones, sino porque sus mensajes (deliberadamente vagos, cargados de metáforas y abiertos a múltiples interpretaciones) encuentran eco en un contexto global dominado por la incertidumbre, los conflictos armados, el avance acelerado de la tecnología y el temor constante a nuevas crisis sanitarias o climáticas.
Guerras, ciencia y catástrofes: las lecturas de 2025.
Uno de los ejes más recurrentes en las interpretaciones modernas de Nostradamus es el de la guerra. Sus cuartetas aluden a enfrentamientos prolongados, tensiones internas y presiones externas entre naciones. Aunque sus versos no describen conflictos específicos, muchos seguidores consideran que el panorama internacional de 2025 encaja en ese marco simbólico: la guerra en Ucrania, la ofensiva en Gaza, el deterioro de las relaciones entre Rusia y Europa y el incremento de los ciberataques a infraestructuras críticas alimentan la percepción de un mundo al borde de una inestabilidad permanente.

En paralelo, también se le atribuyen referencias a avances médicos significativos. El año estuvo marcado por progresos notables: nuevas estrategias de vacunación contra la tuberculosis, el uso de inteligencia artificial para anticipar enfermedades oncológicas con décadas de antelación y la expansión global de tratamientos farmacológicos contra la obesidad. Para los creyentes, la ambigüedad de los textos permite asociarlos con estos desarrollos, reforzando la idea de una profecía cumplida.
Las catástrofes naturales constituyen otro punto clave. Terremotos de gran magnitud en regiones como Filipinas y Afganistán, así como alertas sanitarias por brotes gripales altamente transmisibles en Europa, han sido interpretados como la materialización de advertencias sobre “pestes” y desastres que regresarían cíclicamente para recordar la fragilidad humana.

Incluso los fenómenos astronómicos han servido de combustible para estas lecturas. Baba Vanga habría hablado de una “luz en el cielo” asociada a un acontecimiento global. Aunque no se produjo ningún contacto extraterrestre, el paso del cometa interestelar 3I/ATLAS fue suficiente para reactivar teorías que conectan este evento con su supuesta visión.
2026: el año de las grandes especulaciones.
Si 2025 permitió reinterpretaciones retrospectivas, 2026 abre la puerta a escenarios aún más especulativos. En el caso de Nostradamus, algunos seguidores vinculan cuartetas concretas con ese año, señalando la posibilidad de un choque entre Oriente y Occidente. Este enfrentamiento no se concibe únicamente como militar, sino como una pugna económica, tecnológica y geopolítica, especialmente en el contexto de la competencia global por el liderazgo en inteligencia artificial.

Otros textos hablan de una “gran guerra” intensa pero limitada en el tiempo, de apenas algunos meses, lo que ha llevado a relacionarla con el temor a una escalada en Europa del Este o a la apertura de nuevos frentes internacionales. Uno de los símbolos más comentados es el del “enjambre de abejas”, interpretado como la formación de alianzas inesperadas o la emergencia de nuevos bloques de poder capaces de alterar el equilibrio global.
También aparece Suiza, tradicionalmente considerada un bastión de estabilidad. Las referencias a disturbios en esta región suelen leerse de manera metafórica, como una advertencia sobre la fragilidad del orden europeo, incluso en los territorios históricamente más seguros.

No todo es oscuridad en estas visiones. Entre los presagios más citados surge la figura del llamado “hombre de luz”, un símbolo que muchos interpretan como la llegada de un liderazgo renovador o de un cambio profundo tras un periodo prolongado de crisis.
Baba Vanga y el punto de inflexión.
En cuanto a Baba Vanga, sus seguidores sostienen que 2026 podría marcar un punto de quiebre para la humanidad. Desde la posibilidad (altamente cuestionada) de un contacto extraterrestre oficial, hasta un avance decisivo de la inteligencia artificial que transformaría radicalmente la vida cotidiana, el empleo y las relaciones humanas.

También se le atribuyen visiones sobre desastres naturales de gran escala, capaces de afectar a una parte significativa del planeta, y sobre un avance médico revolucionario: una prueba sanguínea capaz de detectar múltiples tipos de cáncer en etapas tempranas, una línea de investigación que hoy ocupa a numerosos equipos científicos alrededor del mundo.
Profecías como reflejo del presente.
Ni Nostradamus estableció fechas precisas ni Baba Vanga dejó registros escritos verificables de sus visiones. La mayoría de las profecías que hoy circulan son reconstrucciones posteriores, reinterpretadas a la luz de acontecimientos contemporáneos. Aun así, su atractivo persiste.
Más que predicciones exactas, estas palabras funcionan como un espejo del tiempo que las interpreta. Regresan al final de cada año porque ponen nombre a nuestras preocupaciones colectivas: la guerra, el clima, la tecnología, la salud y el futuro del liderazgo global.

Si 2026 traerá confirmaciones o desmentidos, solo el tiempo lo dirá. Mientras tanto, las profecías (reales o reinterpretadas) continúan cumpliendo su función más duradera: mantener viva la conversación sobre el incierto camino que tenemos por delante.


